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EL BARRIO ORIENTE DE MIGUELTURRA

El pasado 15 de julio tuve el honor de realizar el pregón que inauguraba las ferias y fiestas del Barrio Oriente de Miguelturra del año 2025. Transcribo a continuación el mencionado pregón:

Concejales, presidentes y miembros de la Asociación de vecinos y de la Hermandad de Nuestra Señora Virgen de la Salud, vecinos y vecinas del barrio, miguelturreños, miguelturreñas y visitantes en general. Buenas noches, bienvenidos y gracias por estar aquí.

Felicitar, en primer lugar, a damas y zagales de estas fiestas, vosotros sois el futuro. En segundo lugar dar las gracias a las personas que pensaron en mí para poder realizar este pregón inaugural de las fiestas del barrio Oriente de Miguelturra 2025, en especial a Pilar. Lo cierto, es que cuando Santiago me lo propuso, me sentí, por un lado, honrado y halagado, por otro responsabilizado, pero también un tanto sorprendido por el ofrecimiento. De hecho, mi primer pensamiento fue: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Lo cierto es que no tengo ni la más remota idea, yo solo puedo explicaros quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Soy hijo de Antonio el pintor y Luisa Espinosa, nací en este barrio, en concreto en la calle La Corte, en una casa en la que crecí junto a mis abuelos paternos, Ángel y Juana, y mis hermanas. En el barrio he permanecido casi toda mi vida. En la calle La Corte hasta que me casé con mi compañera de vida, Conchi. Ambos comenzamos nuestra aventura vital en otra calle con solera, la calle Perlerines, pero tras seis años aproximadamente regresamos, ahora, a la calle Oriente en un terreno que antes había ocupado lo que llamábamos “casa vieja”, una casa que hacía honor a su nombre y que habían comprado mis padres a finales de los años 70 del siglo pasado y en la que tenían; además de varios tipos de animales de corral, un pequeño huerto, trastos de pintura y el mítico coche 4L; una cocina que sirvió para juntas de familiares y amigos en muchas ocasiones. A esa casa, ya nueva, nos trasladamos junto a nuestro hijo Sergio (que, aunque voló pronto del nido, regresa al barrio siempre que sus obligaciones profesionales y personales se lo permiten, de hecho, hoy está por aquí). Posteriormente también vino a vivir a la casa y al barrio Gabriela, mi suegra. Y desde entonces vivimos en ella dichosos, felices y orgullosos del barrio en el que está situada y de la gente que nos rodea.

En cuanto a mi trayectoria, tras cursar E.G.B., B.U.P y C.O.U., estudié Magisterio y, tras pasar por varios trabajos, llevo ya doce años en la Biblioteca Pública del Estado en Ciudad Real. Tengo varias aficiones como son el deporte (pertenezco al club Fondistas de Miguelturra) el cine o la música (alguna pista al respecto he dejado y dejaré) y, sobre todo, desde que tengo conciencia he sentido gran curiosidad por la historia, la etnología, las costumbres, el patrimonio y las formas de vida del pasado… pero, fundamentalmente la del entorno más cercano; Miguelturra y sus alrededores. Por ello, uno de mis pasatiempos favoritos desde que me alcanza la memoria ha sido y es el de investigar y recopilar información al respecto y, ya hace unos años, decidí que la información guardada no servía para nada, así que me propuse ir divulgándola… y en esas sigo en la actualidad, investigando y divulgando, o al menos intentándolo. En este ámbito, me honro pertenecer a la Asociación Cultural Malastardes que, desde hace unos meses tiene su sede en este barrio, concretamente en su centro cívico, uno de los muchos logros del barrio.

Cuando te plantean un reto como este surgen dudas sobre cómo afrontarlo, afortunadamente se disiparon rápidamente cuando empecé a recurrir a la memoria y recordar situaciones, personas, edificios, lugares, curiosidades del barrio.

Por ejemplo, recordé a mi padre y a todos los hombres que me rodeaban saliendo de casa al amanecer y regresando ya de noche después de pasar el día entero trabajando, ya fuera en el campo, en su oficio o en sus pequeños o grandes negocios. De sol a sol y casi sin descanso. Y todo ello afrontado con una alegría y una vitalidad inmensa.

Y como no recordar a las mujeres que han sido, son y serán pilar fundamental e imprescindible de sus casas, del barrio, del pueblo y en realidad, del mundo Todas eran, como mi madre, amas de casa, un trabajo tan valioso como poco reconocido, pues se encargaban de la limpieza, cocinar, comprar… de todas las tareas domésticas; pero también eran las que se encargaban de las tareas administrativas y del cuidado y la educación de sus hijos e hijas. Encima las había que trabajaban fuera: limpiando en casas ajenas, en labores agrícolas y ganaderas o ayudando e incluso siendo pilares fundamentales de los negocios familiares.

En conjunto, nuestro barrio siempre ha sido de gente humilde y trabajadora, de esas que no se rinden y sacan adelante lo que se proponen con esfuerzo y corazón. Un ejemplo claro de ese espíritu es la Ermita de la Virgen de la Salud, inaugurada en 1995 y construida por los propios vecinos en su tiempo libre, después de sus largas jornadas de trabajo y quehaceres diarios.

Otro de esos recuerdos que, con perspectiva, me parece extraordinario fue cuando reflexioné sobre la gran cantidad de negocios que había en la calle donde vivía.

En la calle La Corte, en poco más de 50 metros, desde la esquina de la calle Malpica en dirección a la estación, a finales de los 70 del siglo XX llegué a contar nada menos que siete negocios; a saber: la fábrica de gaseosas de Ángel y su tienda de ultramarinos en una esquina, en la otra la carnicería de Valentín, a continuación, dos vaquerías (las de Joaquín y José), luego una fábrica de anea de Carmelo Palmero y enfrente la peluquería de Loli. Todo eso en un tramo pequeñísimo.

Pero si caminabas un poco más en ambos sentidos, te encontrabas, además, con dos bodegas, otra fábrica de anea y una prensa de aceite. Y ya si te ibas al resto del barrio, veías aún más tiendas, vaquerías, ganaderías ovinas y caprinas… Algo que me parece realmente insólito y asombroso. Un auténtico hervidero de actividad en un barrio que, recordemos, no es céntrico.

Y esto no ocurrió por casualidad. Es el reflejo de que la gente de este barrio siempre ha tenido un gran espíritu emprendedor. Personas que no se conformaban, que ponían en marcha sus ideas y levantaban negocios con trabajo y valentía haciendo de este barrio un lugar que ha sabido buscarse la vida, que ha creado, que ha movido la economía desde su rincón, sin hacer demasiado ruido, pero dejando una huella indeleble en Miguelturra.

Esta zona del barrio Oriente es la más alta del pueblo, y aquí apareció en época medieval el primer asentamiento humano (restos aparecidos y callejuelas lo atestiguan), por lo tanto podemos decir que en el barrio están los orígenes de Miguelturra. Luego aparecería otro asentamiento en la zona que ahora ocupa la plaza y alrededores. Ambos rodeados de lagunas. Con el tiempo, las lagunas se secaron y poco a poco se fueron uniendo ambos asentamientos conformando lo que ya conocemos como Miguelturra. Estoy convencido que el barrio desde esos tiempos siempre ha tenido, manteniendo su propia identidad, el firme propósito de integrarse en el pueblo y ser parte importante de él. Y así, con ese espíritu, llegó hasta casi finales del siglo XX.

Porque en 1988, se produce un hecho que transformó todo, la creación de la Asociación de Vecinos del Barrio Oriente desencadenado, entre otros motivos, por una situación muy curiosa en el que las mujeres, de nuevo, tuvieron un papel fundamental. Se produjo una especie de motín de las mujeres del barrio. Ocurrió que asfaltaron por primera vez la calle Oriente y, al existir varias ganaderías de ovejas y cabras en la zona, cuando pasaban los rebaños dejaban la calle llena de excrementos. El caso es que un buen día salieron a la calle un grupo de mujeres y no permitieron el paso a los rebaños. El lío fue tremendo, tuvo que intervenir la Guardia Civil, el Ayuntamiento y una de las soluciones que surgieron de esta situación fue, precisamente, la de crear una Asociación de vecinos para poder hacer más fuerza en las reivindicaciones del barrio. Ahí comenzó todo.

Al año siguiente, en 1989, se creó la Hermandad de Nuestra Señora la Virgen de la Salud, que al principio estaba integrada en la Asociación.

La Asociación ha estado presidida por Carmelo Vargas (por cierto, su viuda Inés es una representante genuina de barrio, luchadora, trabajadora y muy buena persona), Santiago Muñoz, Antonio Rodrigo y María José que es la que actualmente ostenta el cargo.

Con respecto a la hermandad, solo ha conocido dos presidentes, la primera fue Satur Arévalo; mi vecina Satur; una mujer, por cierto, que representa muy bien lo que es el barrio: tiene un gran carácter y también un corazón inmenso, siempre dispuesta a ayudar y a echar una mano a quien haga falta. Luego cogió el relevo Santiago Muñoz que es el actual presidente y al que podriamos definir como un hombre mítico y una auténtica referencia en estos lares por su labor, desempeño y trabajo en pro del barrio, de la Asociación y de la Hermandad.

A todos los presidentes y presidentas y a todas las personas que los han acompañado y ayudado en cada etapa muchas gracias, vuestra labor ha sido maravillosa y a la vista está.

Y aunque no ha sido presidente, no quiero dejar pasar la ocasión de mencionar a mi vecino Emiliano (que ha sido homenajeado en estas fiestas) y al que considero como la auténtica personificación del barrio. Emiliano, al igual que el barrio es un hombre con solera, 92 años le contemplan, siempre alegre, siempre cantando sus cancioncillas flamencas, siempre con una buena palabra o un chascarrillo para todo el mundo, trabajador incansable, hombre afable y con un espíritu juvenil envidiable; exactamente igual que el barrio.

También agradecer a los distintos  ayuntamientos que han existido durante estos años su implicación, ayuda y apoyo al barrio, sin ese apoyo hubiera sido imposible llegar a donde hemos llegado. También me gustaría pedir y animar a los miembros del actual ayuntamiento y a los que vengan después ese apoyo institucional a las reivindicaciones del barrio, porque siempre hay cosas que mejorar. 

Históricamente, y desde la creación de Asociación y Hermandad, el barrio, además de seguir integrándose en el conjunto del pueblo, también ha intentado hacer sentirse de él a todas las personas que lo habitan ofreciendo un espacio acogedor en el que nadie se siente extraño. Nada más formarse la Asociación, por ejemplo, las calles La Corte y Malpica fueron integradas rápidamente y, desde entonces, son parte de él. Recuerdo perfectamente cómo los que vivíamos en esas calles nos sentíamos ya del barrio y participamos en las primeras fiestas, en el año 1989 celebradas en la plazoleta de Susano, porque entonces aún no existía la calle Ermita, y mucho menos las nuevas calles y urbanizaciones que se han ido sumando progresivamente al barrio. Por cierto, unos de los primeros inquilinos de la calle Ermita fueron mis amigos José María y Toñi, maravillosa mujer y luchadora donde las haya y que es otro ejemplo de una persona que, como yo, nació en el barrio (calle Buque) y, tras una etapa fuera, volvió a él.

A principios del siglo XX nuestro ilustre paisano Francisco Rivas Moreno fundó el partido regionalista manchego que, como objetivo principal, propugnaba intentar arreglar los graves problemas que asolaban a los manchegos; para, una vez satisfechas las necesidades de éstos, sumar la riqueza que se pudiera generar al resto del territorio. La forma de actuar del barrio y su asociación me ha recordado mucho a ese regionalismo de Rivas Moreno. Primero se luchó por arreglar los problemas que había en el barrio y se consiguió que lo dotaran de todo tipo de servicios e infraestructuras, pero una vez que se iban realizando esos avances, el barrio y su asociación empezó a sumar en todo lo que el resto del pueblo necesitaba. Y ahí ha estado siempre, apoyando a los más desfavorecidos, haciendo campañas para mitigar desastres en otras poblaciones, recogiendo alimentos para los más necesitados, realizando todo tipo de campañas solidarias, cursos y charlas formativas, haciendo viajes culturales y ayudando y participando de forma activa en todo tipo de fiestas y eventos que se organizan en Miguelturra.

En este sentido, el barrio y su gente siempre ha estado donde se la ha necesitado.

“Como recuerdo, barrio querido, aquellos tiempos de mi niñez... Eres el sitio donde he nacido y eres la cuna de mi honradez” cantaba Gardel con unos versos que puedo extrapolar a mi barrio.

Esa niñez compartida con mis amigos entre juegos y charlas en una calle por la que apenas pasaban coches. Por cierto, uno de esos amigos y vecino de toda la vida, Santiago Rubio, también ha seguido una trayectoria similar a la mía, de hecho, él ni siquiera se ha marchado del barrio pues creció en la Calle Malpica y de ahí, se trasladó a la calle Ermita donde vive actualmente. Esa niñez compartida con mis vecinos cuando entonces eran casi como familia; vecinos ya desaparecidos desgraciadamente como Carmelo, Crescen, Josefa, Maudilio, Gaspara, Guillermo, Santiago, Josefa, Valentín, Felicia, Manuela, Francisca... y de los que mantengo un gran recuerdo.

Esa niñez en la que había olores típicos que ya han desaparecido. Los había buenos y malos, no os voy a mentir, pero me quedo con los buenos como el olor de la anea que olía a río o a mí me lo parecía; el olor a uva fermentada que, a finales de septiembre, tras la vendimia, salía de las bodegas del barrio, el olor a pan y a dulces recién hechos cuando llegaba el panadero, el olor a fruta en sartén en carnavales o a las comidas típicas de Semana Santa.

Y no solo olores, también recordé sonidos de mi niñez como el del paso de rebaños de ovejas, el del afilador, el de los niños jugando en la calle, el de las vecinas hablando y riendo cuando tomaban el fresco en las tardes de primavera o en las noches veraniegas, el del saxofón del amigo y compañero de mi tío José, Luis, el Colodro que me dejaba ensimismado cada vez que ensayaba… y otros puntuales en determinadas épocas del año, como el de cánticos tradicionales y villancicos acompañados de zambomba en las hogueras que se hacían en medio de la calle (evidentemente no estaban asfaltadas), los sonidos de la estudiantina en carnaval, el del bombo de Maudilio cuando iba recogiendo a los armaos la madrugada del viernes santo para la vigilia o el del tambor de las banderas gremiales en las fiestas del Cristo o de la Virgen cuando llegaban a casa a recoger a mi padre. Y, entre todos ellos, había un sonido muy especial para mí y para el barrio, el del tren, porque el Barrio Oriente, para muchas personas, será siempre el barrio de la estación.

Y es que a la gente más joven quizás le sorprenda, pero sí, aquí, al otro lado de las vías enfrente del edificio que hace esquina entre la calle Ermita y la Ronda de las Cañadas hubo una estación de ferrocarril, con su edificio, con sus servicios y con su muelle de carga y descarga de mercancías.

Para mí, el tren, el ferrocarril ha sido un elemento muy importante, no solo cuando echaba la imaginación a volar cada vez que veía u oía pasar uno por estas vías y pensaba en grandes viajes, lugares idílicos y aventuras, sino porque seguramente por él pertenezco a este barrio.

Mi abuelo materno, Alejandro Tomás nació en La Carolina, era ferroviario y llegó a Miguelturra hacia la segunda década del siglo XX  junto a parte de su familia que también lo eran (por ejemplo, Isabel, la mujer que era guardabarreras en la calle La Corte, era su sobrina y Antonia y Teresa que lo eran en el camino de Peralvillo eran sus hermanas), se casó con Rafaela, hija de Soto (mi abuela) y vivieron en la calle La Corte, en la misma casa en la que posteriormente yo nací.

Precisamente, uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia tiene que ver con mi abuelo que ya por aquel entonces había enviudado y, tras casarse en segundas nupcias con Antonia, la hermana de Seve, - una mujer estupenda y alegre como ella misma a la que le teníamos mucho cariño, cariño que era recíproco - vivía en una casa que hacía de esquina entre las calles Malpica y Botija  y algunas tardes de verano pasaba por mi casa, me recogía y me llevaba a la estación. Ya en la estación, allí siempre estaba su amigo, el factor, que vivía en una vivienda dentro de la propia estación y mientras ellos recordaban viejos tiempos, el niño, yo, solía juguetear por el tramo que había entre la estación y el muelle o por la oscura y sombría sala de espera. La tarde se ponía interesante si alguien iba al muelle a cargar o descargar mercancía. Allí que estaba yo como jubilado en obra atento a todos los movimientos, sin que se me escapara uno; y ya, el culmen de la felicidad llegaba si paraba algún tren con pasajeros y el amigo de mi abuelo, el factor, cogía su bandera y se ponía a hacer señales al maquinista, mi ensimismamiento era supremo.

Hay una cosa que pensaba en esa época y que ahora he recordado y es que yo tenía la sensación de que quién estableció la ubicación de la estación le tenía cierta manía a Miguelturra. Las personas que la habéis conocido, ¿nunca os ha llamado la atención lo lejos que la pusieron? Pero hay algo aún mucho peor, ¿qué necesidad había de hacer la estación en la otra parte de la vía? Obligando así a las personas a cruzar la mencionada vía con el peligro y “desacarreo” que eso conllevaba. Y sin existir ningún impedimento natural ni de otro tipo para haberla hecho, por ejemplo, justamente donde actualmente finaliza la calle La Corte. ¿Conocéis algún caso igual? Desde luego en las estaciones de los pueblos y ciudades cercanas no. En fin, es algo que nunca he entendido.

El caso es que la estación de Miguelturra se inauguró el 14 de marzo de 1861 con motivo de la apertura del tramo de ferrocarril entre Ciudad Real y Almagro y desgraciadamente se hundió en la década de los 80 con motivo de la puesta en marcha del AVE, quedando actualmente solo algo de sus cimientos, aunque por poco tiempo, ya que las hierbas y la tierra los harán pronto desaparecer; algunos fragmentos de lo que fue el muelle y algún viejo árbol que en su momento llegó a hacer de portería. Hace poco, pude conocer la antigua estación de Socuéllamos y su muelle, que se ha convertido en un espectacular centro cívico la primera y en un almacén el segundo. Y lo cierto es que me dio cierta envidia y pena el pensar que esta estación, la nuestra, podría haber tenido una vida muy útil actualmente. Pero así son las cosas

En esa estación, en sus 125 años de vida llegaron a ocurrir muchos sucesos, algunos que parecen sacados de una película del oeste, como apedreamientos al tren, asalto al tren de grupos carlistas, accidentes graves e incluso mortales, disparos al tren, detención de presos, incendio de las cosechas cercanas por un pasajero que fue apeado al no llevar billete, etc.; pero también ocurrieron cosas agradables como el paso por ella de gente notable.

Una de las personalidades que estuvo varias veces en esta estación y en la que fue agasajado con el recibimiento de autoridades y vecinos, banda de música e incluso con engalanamiento de la estación y suelta de palomas fue Rafael Gasset Chinchilla.

Este hombre llegó a ser ministro hasta en nueve ocasiones, además era un empresario periodístico (poseía uno de los principales periódicos de la época El Imparcial) y también, abogado.

El motivo de esos recibimientos fue su estrecha relación con esta zona y con Miguelturra, siendo su mayor contribución la construcción del Pantano de Gasset (en principio pensado para regadío pero que acabó abasteciéndonos de agua junto a otras localidades). Pero, además, también sacó de un buen lío, ejerciendo como abogado, a dos médicos locales que habían sido denunciados por un paciente, Daniel Sánchez Vizcaíno y Casio Clemente (hermano mayor de la hermandad del Cristo, impulsor de la reforma de la cúpula de la ermita del cristo, dueño de la recordada huerta de D. Casio en la carretera de Ciudad Real y ejerció de médico durante casi 40 años en Miguelturra). La Audiencia Provincial los condenó, pero recurrieron y el proceso llegó hasta el Tribunal Supremo de Justicia en Madrid donde, defendidos por Rafael Gasset, resultaron absueltos. Este proceso tuvo mucha repercusión, haciéndose eco de él la prensa nacional y recibiendo el apoyo total de las asociaciones de médicos.

Además de los recibimientos en la estación, el ayuntamiento le homenajeó con una placa en el antiguo ayuntamiento, dedicándole una calle (la actual calle Carnaval llevó su nombre) y le nombró, según acta del 25 de septiembre de 1900, hijo adoptivo (el único título de este tipo que ha otorgado el ayuntamiento hasta la fecha). Hay que tener en cuenta que este título es la máxima distinción que un pueblo o ciudad puede conceder a una persona no nacida en la localidad (si es nacida en la localidad la máxima distinción es la de hijo predilecto). No solo se le homenajeó en Miguelturra; por ejemplo, en Ciudad Real se le dedicó el parque de Gasset y el pantano también lleva su nombre (inicialmente de Navarredonda).

Pero, además, esta estación también recibió nada más y nada menos que a una reina, y una de las de antes, del siglo XIX.

Pues sí, ocurrió el 9 de diciembre de 1866. Ese día la reina Isabel II y su esposo, el rey consorte D. Francisco de Asís de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, emprendieron una visita oficial a Portugal y durante el viaje en tren fueron parando en todas las estaciones que había en el camino donde iba siendo agasajada. En Miguelturra la estación fue engalanada para la ocasión y en ella fue recibida por los representantes del ayuntamiento, la banda de música y gran cantidad de personas. Aunque lo cierto es que la situación que se debió vivir debió recordar mucho a la que se produce en Bienvenido Mr. Marshall, el hecho es que está documentado por el propio cronista real que una reina de España estuvo en nuestra estación.

Aparte de estas anécdotas, lo realmente trascendental es que esta estación tuvo una importancia vital en el desarrollo de Miguelturra y, por ende, del barrio. Pues al hecho de que los miguelturreños y miguelturreñas pudieron durante su existencia emprender viajes desde o hasta la estación hay que sumar que; sobre todo a finales del XIX y principios del XX existían una gran cantidad de empresas en Miguelturra (muchas más de las que pudiéramos imaginar) como bodegas, fábricas de aguardientes y licores, curtidos, alpargatería, aceite, etc. para las que la estación y su muelle fueron vitales facilitando la importación y exportación de productos.

Sobre la estación y el barrio, hubo un ciudadano periodista que escribió lo siguiente en una revista de Ciudad Real en el año 1919: “Apenas hemos subido al tren…seguramente no han transcurrido cinco minutos, llegamos a la estación de un pueblecito: es Miguelturra… al mirar por la ventanilla se ve el hacinamiento de casucas y chozas que a primera vista se presentan. El aspecto general es feo…”

Evidentemente en esta descripción se está refiriendo al barrio Oriente, a la parte posterior de la propia calle Oriente que en esa época estaba llena de huertos y zonas ganaderas. Debe ser que este hombre estaba acostumbrado a ver en las cercanías de las estaciones de los pueblos de La Mancha en esos años grandes palacios, monumentos y jardines versallescos. Y lo que realmente resulta feo es lo que él dice sobre el aspecto del barrio, no por lo que dice en sí, sino por el desprecio que se desprende de sus palabras (hacinamiento, casucas, chozas). Lógico que los entonces vecinos del barrio tuvieran en sus huertos y explotaciones ganaderas pequeñas construcciones adecuadas a sus medios y posibilidades económicas que no serían muchas, por desgracia. No obstante, quien lea el artículo entero deducirá que este hombre tenía cuentas pendientes con gente de Miguelturra, de ahí su desprecio.

Y traigo este caso aquí porque, al leerlo, me he preguntado ¿qué pensaría este buen hombre si pudiera ver el barrio actualmente? Lleno de casas y pisos nuevos, con jardines, con zonas infantiles, con zonas deportivas con todo tipo de servicios e infraestructuras, con un centro cívico, con una ermita, con unas fiestas del barrio. Seguramente se sentiría cuanto menos algo avergonzado. Y a nosotros, esto nos sirve para recordar y darnos cuenta de la evolución brutal del barrio desde entonces hasta la fecha y, sobre todo, en los últimos años 40 años.

Evolución que ha tenido como protagonista a la Asociación, a sus dirigentes, a los distintos ayuntamientos que lo han apoyado y, sobre todo a su gente, la gente del barrio que es la que lo hace muy grande. Además, con un mérito añadido, porque crear algo es difícil, pero más lo es mantenerlo a lo largo del tiempo y en el barrio se ha conseguido: ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, ha sabido transformarse y seguro que sabe evolucionar hacia un futuro que esperemos sea cada vez mejor y más próspero.

Ya decía Sancho, y que razón tenía que “donde música hubiere, cosa mala no existiere”. "

¿Sentís ya la música? 

¡Esa música es la energía de nuestras próximas Fiestas! 

Preparaos para días de encuentros, buena compañía, bailes y actividades para grandes y pequeños, alegría a raudales y diversión sin límite.

 ¡Porque nuestro barrio sabe siempre cómo hay que celebrar… y estas fiestas serán inolvidables!"


¡Vivan las fiestas de la Virgen de la Salud! ¡Viva el Barrio Oriente! ¡Viva Miguelturra!

 

 Pregón en el canal de YouTube de Televisión Miguelturra (a partir del minuto 00:12:40):



 

 

 

 

BREVE PARADA REAL EN MIGUELTURRA

En diciembre de 1866 la reina Isabel II y su esposo, el rey consorte D. Francisco de Asís de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, emprendieron una visita oficial a Portugal que constituyó un importante acontecimiento en las relaciones entre España y Portugal en el siglo XIX. La reina Isabel II viajó a Lisboa con el objetivo de fortalecer los lazos de amistad y cooperación entre ambos países.

Durante su estancia en Portugal, Isabel II fue recibida con gran pompa y ceremonia por el rey Luis I de Portugal y su corte. Asistió a numerosos actos y eventos sociales, incluyendo una cena de gala en su honor y un baile en el Palacio de Ajuda. También visitó lugares emblemáticos de la ciudad, como el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém.

Esta visita fue vista como un importante gesto de reconciliación entre España y Portugal, que habían mantenido relaciones tensas en el pasado debido a conflictos territoriales y políticos. La visita fue bien recibida tanto en España como en Portugal, y se consideró un éxito diplomático y un momento significativo en la historia de las relaciones entre ellos dos países, aunque poco después las tensiones entre España y Portugal volvieron a surgir debido a un incidente en la frontera entre ambos países. 

Así, el 9 de diciembre de 1866 se inició este viaje real desde Madrid a Lisboa por tierras manchegas y extremeñas hasta llegar a su destino. 


La parada principal en La Mancha fue en la capital, Ciudad Real. Tras llegar a la estación de ferrocarril de la Puerta de Ciruela, que fue engalanada y remozada para la ocasión, la reina y el resto de la familia real marcharon a la iglesia de Santa María del Prado –que aún no había sido designada Catedral- donde le fue entregado el título de Hermana Mayor de la cofradía de la Santísima Virgen del Prado. Isabel II y su séquito se alojaron en el convento de La Merced de la calle Caballeros (que más tarde fue instituto de Segunda Enseñanza, y actualmente es el Museo de la Merced) para, al día siguiente, reanudar el viaje.

Pero Ciudad Real no fue la única parada en los pueblos de la provincia, lo hizo en varios más, repitiéndose en todos ellos la misma ceremonia. El tren paraba en la estación (engalanada para la ocasión), donde era esperado por los respectivos ayuntamientos y gran cantidad de personas, además de banda de música e incluso bailarines y bailarinas. Tras unas breves palabras y saludos, la comitiva iniciaba de nuevo el viaje hasta el siguiente destino.

Así, antes de llegar a Ciudad Real, el tren real paró en las estaciones de Alcázar de San Juan, Manzanares, Daimiel, Almagro y Miguelturra.

Este viaje tuvo una parte trágica que sucedió al llegar el tren a la estación de Daimiel. Una espesa niebla se extendía ese día sobre la citada estación donde se habían personado una gran cantidad de gente que, al no entrar en los andenes, empezaron a invadir las vías. Al llegar el tren no tenía visibilidad y acabó arrollando a numerosas personas. El resultado fue de cinco muertos (otras fuentes señalan siete) y veinte heridos.

¿Y en Miguelturra? La comitiva llegó a nuestra añorada estación tras su parada en Almagro y allí fueron recibidos por los representantes del ayuntamiento y un gran número de personas según nos cuenta el cronista oficial del viaje en la prensa de la época: “Miguelturra no fue menos ardiente en la expresión de sus sentimientos de profundo y entrañable amor a sus Reyes. Se confundían en aquellos pueblos las ideas y sentimientos de ahora, con los sentimientos e ideas de otros tiempos, o mejor dicho, parecían revivirlas antiguas generaciones con la presencia de la Reina y de su augusto esposo. Fue tan noble tierra, hoy todavía denominada Campo de Calatrava, el glorioso campamento de aquella orden insigne, inmortal en nuestra historia, cuna de un sinnúmero de héroes y baluarte inexpugnable de la religión y de la patria. Altísimas tradiciones consagran aquel suelo, y el nombre de la orden de Calatrava enorgullece con justicia a sus nobles y altivos habitantes. ¿Cómo no hablan de latir de júbilo todos los corazones a la presencia de su reina, gran maestre de la Orden y símbolo de sus glorias, y ante S. M. el rey, Clavero mayor, al nombre de cuyas dignidades se presenta un mundo de recuerdos?”



Se puede afirmar pues que la reina Isabel II estuvo saludando y siendo agasajada en Miguelturra 21 meses antes que la revolución conocida como La Gloriosa acabase con su reinado en septiembre de 1968.


Fuentes: La Época (09/12/1866); La España (22/12/1866)

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