EL NIÑO QUE SOÑABA HISTORIAS DE TRAPO

 

Tenía once años y era la primera vez que le habían propuesto participar en una obra de teatro, fue su profesor de lengua y el propósito era representar, junto con otros compañeros, a su colegio en un concurso de teatro radiofónico escolar. Aceptó entre alegría y temor. Encima sería el narrador, el que tenía que hablar casi todo el rato, el que conectaba las escenas, el que ponía el tono... llevaría el peso de la obra. Se sentía como si le hubieran puesto una mochila llena de piedras, pero piedras que brillaban un poco, porque en el fondo... le gustaba la idea. Ya llevaban semanas inmersos en la obra y los ensayos eran una montaña rusa de emociones, había risas, pero también nervios y hasta enfados, de hecho, se produjeron algunos cambios de actores hasta dar con el elenco definitivo. El memorizaba el texto en casa, en el recreo, en la fila para entrar a clase. Quería hacerlo bien, aunque le temblaban un poco las manos cada vez que pensaba en el día de la grabación en un estudio de radio en la capital. Y ese día llegó. Los nervios se le anudaban en el estómago, pero una excitación inmensa le invadía. ¡Iban a grabar en un estudio de radio de verdad!  Entrar en el estudio de radio fue como entrar en otro mundo. Todo estaba lleno de botones, pantallas, micrófonos enormes y paredes forradas de espuma. Al otro lado del cristal, el técnico, un señor con voz grave y gafas, les tranquilizó diciendo que iba a ser divertido y que, si había que repetir, no suponía un problema. Allí no había errores, solo oportunidades para hacerlo mejor.  Les explicó cómo funcionaban los micrófonos, las mesas de sonido y cómo debían hacer los efectos especiales. Tuvieron que repetir algún que otro párrafo, pero el ambiente era muy bueno y los nervios fueron desapareciendo. Aquella experiencia de grabar en un estudio profesional fue increíblemente enriquecedora y todos salieron del estudio satisfechos y con una amplia sonrisa. Ya por la noche, en la cama, pensaba en todo ello mientras miraba de reojo a sus dos juguetes preferidos en una estantería frente a la cama... hasta que apareció el sueño…

 

En el rincón más acogedor de la habitación residían dos viejos muñecos de trapo que habían sido los compañeros inseparables del niño desde que sus recuerdos eran apenas susurros y a los que quería con pasión. Habían estado con él desde antes de que pudiera caminar, durmiendo en su cuna y compartiendo lágrimas, risas… y fiebres. 

Los quería con la devoción que solo un niño puede ofrecer, a pesar de que sus costuras mostraban las cicatrices a modo de remiendos torcidos y múltiples manchas, de ese amor verdadero. Eran más que simples juguetes; eran confidentes silenciosos y testigos de incontables aventuras imaginadas que cobraban vida en sus sueños. La última Navidad, sin embargo, trajo un nuevo inquilino a su estantería: un astronauta brillante y altivo. Su traje plateado relucía bajo la luz de la lámpara, y su casco transparente revelaba una expresión de fría superioridad. Su madre lo colocó junto a los viejos muñecos de trapo.

 

Las semanas posteriores a la grabación fueron de espera. Ya no pensaba tanto en el concurso y se dedicaba a sus cosas: las clases, el fútbol y el voleibol del recreo, los juegos en la calle con sus amigos, los deberes... hasta que una mañana, el profesor entró al aula con una hoja en la mano y cara de misterio. Con voz seria y gesto ampuloso les informó que habían ganado el concurso. La noticia fue recibida con gran alegría. Los habían elegido a ellos, entre tantas escuelas, entre tantas obras. No podían creerlo. Era como si todo el esfuerzo, los nervios, las repeticiones... ¡todo hubiera valido la pena! Tras pasar el día inmerso de alegría, cayó la noche y el sueño se fue apoderando de él para que la magia se deslizara por su dormida mente…

 

Sus juguetes cobraron vida, sus ojos brillo y sus cuerpos adquirieron una sorprendente agilidad. En esos sueños y de forma sistemática, mientras que los muñecos de trapo eran almas gemelas, unidos por años de complicidad y mostraban un amor incondicional por el niño que los cuidaba; el astronauta se mostraba altivo y arrogante, se burlaba de sus vestimentas y del supuesto cariño que les tenía el niño. En realidad, opinaba que eran unos harapos, que estaban pasados de moda y que donde mejor podían estar era en una bolsa de basura. Sin embargo, él podría ser el juguete preferido de cualquier niño y podría estar incluso en casas mejores que esa. Los dos muñecos, entre tristes y resignados por la arrogancia y soberbia del astronauta solo le podían mostrar el firme convencimiento que el niño los cuidaba y los quería a pesar de estar viejos y eso era lo que importaba, algo que su compañero de habitación no alcanzaba a comprender debido a su soberbia.  Los días pasaban, y el astronauta nunca perdía la ocasión para burlarse de sus compañeros de estante. Pero los muñecos de trapo no le guardaban rencor y se limitaban a escuchar y, a veces, intercambiar miradas entre ellos. Sabían que algunos juguetes tardaban más en aprender lo que realmente importa.

 

Pero no fue la última sorpresa. Unos días después el profesor reunió a todo el cuadro escénico y les informó que iban a representar la obra en vivo en tres lugares: el primero en un festival escolar que se iba a celebrar en el patio del propio colegio, luego en unas instalaciones de la localidad y finalmente, en el Pozuelo de Calatrava. En ese instante, la alegría se mezcló con un nudo de pánico en la garganta. ¿Actuar en vivo? ¿Delante de numeroso público? Nunca lo había hecho y su mente empezó a volar mostrándole escenarios catastróficos: quedarse en blanco en mitad de la narración, tropezar, hacer el ridículo… La inseguridad le golpeó con fuerza. De nuevo comenzaron los ensayos y vivió muchos días con un nudo en el estómago. Se aprendió el texto otra vez, palabra por palabra, como si fuera una fórmula mágica. Practicaba en solitario, frente al espejo… era un sinvivir. Al fin, el día de la representación llegó. Sus manos estaban sudorosas y el corazón le latía con fuerza, como un tambor de guerra. Se pusieron sus disfraces (el suyo consistía en una especie de poncho atado a la cintura con una cinta en la que se sujetaba un pergamino enrollado a modo de trovador medieval) y salieron al escenario. Al ver la gran cantidad de público, entre ellos compañeros, amigos, familiares y gente conocida, las piernas le temblaban y un escalofrío le recorrió la espalda. Pero entonces, algo cambió. Empezó a narrar, y su voz, al principio un poco temblorosa, se fue haciendo más firme con cada palabra que pronunciaba. Todo empezó a fluir, se concentró en su papel y en la actuación de sus compañeros que lo hicieron genial. No se le olvidó ni una sola palabra. Fue mágico. Al final de la obra, los aplausos estallaron como truenos. Eran atronadores, infinitos. Tuvieron que salir a saludar varias veces, inclinándose ante la ovación del público. Miró a sus compañeros y contempló sus rostros sonrientes y exhaustos. Entonces supo que habían logrado un éxito total. La inseguridad se había desvanecido, reemplazada por una euforia que le decía que, a veces, los mayores miedos se convierten en las mayores victorias. Y tras el gran baño de felicidad y autoestima de nuevo llegó la noche, y con ella el abatimiento de sus ojos y el sueño…

 

Mientras estaba en el colegio, su madre decidió hacer limpieza en la habitación. Subió una escalera para limpiar el polvo en la estantería. Al mover el astronauta, éste se resbaló, cayó al suelo con un sonoro crujido y se partió en varios pedazos. El visor se rompió, las piernas se separaron del torso, y de su pecho saltaron cables como tripas artificiales. La buena mujer pensó que ya no tenía arreglo mientras miraba a los dos muñecos de trapo y su viejo y estropeado aspecto, así que ni corta ni perezosa optó por tirarlos también, bastante tiempo habían estado en la habitación. Recogió los restos del astronauta y los dos muñecos y los tiró al cubo de la basura. En la oscuridad del cubo, entre cáscaras de plátano y envoltorios de galletas, el astronauta seguía riéndose. Su voz, aunque ahora amortiguada y metálica, conservaba su tono despectivo y seguía opinando que él era un juguete valioso y que cuando el niño se diera cuenta le rescataría para arreglarlo mientras que en ellos no se fijaría. Los muñecos de trapo, con una extraña mezcla entre tristeza y esperanza, aún esperaban que los rescatase por el amor que sabía les profesaba.

 

Las siguientes actuaciones fueron rodadas, ya tenían experiencia y esos días se encontraba muy excitado por todo lo que le había ocurrido en tan poco tiempo. Pensaba incesantemente en los ensayos, en la grabación en el estudio de radio, en el premio, en el miedo por la actuación en público y en la alegría porque todo había salido bien. Pero lo más importante es que había descubierto algo nuevo en él: una voz que no solo leía historias, sino que podía hacerlas vivir. Un día comenzó a sentir que le gustaba eso de contar historias… con palabras, de forma oral o escrita, pero con la ilusión de poder transmitir pensamientos, descubrimientos, enseñanzas, inquietudes… Esa noche, ya en casa, se tumbó en la cama y siguió pensando en todo ello hasta que, de nuevo, el sueño se apoderó de él…

 

Cuando llegó del colegio y entró en la habitación se le encogió el corazón al ver la estantería vacía. Corriendo fue a preguntar a su madre lo que había ocurrido con sus muñecos y ella le explicó la caída del astronauta y su decisión de desprenderse de los otros dos viejos muñecos. El niño insistió en que eran suyos desde que tenía conocimiento y los quería, que no podría dormir sin verlos antes de cerrar los ojos. La madre se compadeció de él y le dijo que los buscara en la basura que allí estarían, pero que los limpiara y que, si quería también al astronauta, que lo arreglara. Corrió hacia el cubo de la basura y rebuscó en él hasta que dio con sus dos muñecos de trapo, también vio los trozos del astronauta, pero no les prestó la mayor atención. Subió corriendo a su habitación, los limpió con cuidado y los depositó de nuevo en la estantería frente a su cama. Esa noche, en la estantería, los dos muñecos se miraron en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, y a pesar de estar tristes por el destino del astronauta, lloraron de alegría y comentaron entre ellos que la gran diferencia es que ellos nunca fueron solo juguetes, fueron también recuerdos y estos, cuando son verdaderos, nunca se tiran. Y mientras la luna los iluminaba desde la ventana, comprendieron que estaban seguros y no por ser unos muñecos de trapo, sino por el espacio que ocupaban en el corazón de un niño que nunca dejó de quererlos.

FIN

 

En el curso 1977/78 en el Colegio “XXV Años de Paz” (actual Pradillo) de Miguelturra se montó un cuadro escénico con alumnos de 6º de EGB para grabar una obra de teatro y presentarse a un concurso radiofónico promovido por RTVE, concretamente el X Concurso Nacional de Radio Escolar. El concurso tenía una primera fase en la que se elegía a un representante de cada provincia que luego competiría, en una segunda y definitiva fase, con los ganadores del resto de provincias para elegir el ganador nacional.

La grabación se realizó en los estudios de la extinta Radio Cadena Española (cadena integrada en el ente público RTVE) situados en el Pasaje San Isidro de Ciudad Real. El grupo consiguió el primer premio a nivel provincial, por lo que, supuestamente, competiría a nivel nacional. Y menciono lo de supuestamente porque luego no fue así. Según la versión oficial la grabación fue enviada tarde desde los estudios de Ciudad Real a los de RNE en Madrid y llegó ya fuera de plazo por lo que no pudo competir con el resto.

También este grupo de pequeños actores representó la obra en tres ocasiones en el mes de junio de 1978. La primera fue el sábado, día 10 a las 19:00 h. en una fiesta escolar que se desarrolló en el patio de su colegio (Lanza 09.06.1978); la segunda en un festival escolar fin de curso celebrado a mediados de junio, tras la inauguración del nuevo edificio del colegio del Cristo, en las instalaciones del Centro Obrero (Círculo de Artesanos y Obreros en esa época) de Miguelturra (Lanza 17.06.1978) y la tercera, unos días después, en otro festival escolar celebrado en el salón de actos de la biblioteca municipal de Pozuelo de Calatrava (Lanza 20.06.1978). En todos ellos participaron los colegios “José María de la Fuente", de Pozuelo de Calatrava; "Pérez Molina", de Ciudad Real y "XXV Años de Paz" y "Santísimo Cristo", de Miguelturra y contaron con la asistencia de autoridades y numeroso público.

La obra seleccionada para ser representada fue una adaptación del cuento titulado Una historia de trapo de Lolita González y el cuadro escénico estuvo integrado por los niños Javier, Jesús Ramón, Carlos, José Andrés, Juan Antonio, Serafín, Saturnino y Rafael. Al frente de todos ellos, su profesor de lengua Ángel Batrina Lozano

Tanto del concurso como del festival se hizo eco el Diario Lanza (17.06.1978) en una noticia firmada por el corresponsal en Miguelturra Félix Abundio García en la que también entrevistó a dos de los pequeños actores: Javi y Jesús Ramón.

Valga este relato como un pequeño homenaje a todos ellos.

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