Para terminar con la trilogía de lugares denominados Peralvillo en América, tras analizar el Peralvillo de Perú y el de la República Dominicana, le toca al turno al de México que en realidad es la colonia Peralvillo, uno de esos rincones de la Ciudad de México cuya historia revela, con especial claridad, las capas profundas de la ciudad: el pasado prehispánico, la etapa colonial, los cambios del siglo XIX y la urbanización moderna.
Uno de los aspectos más curiosos de Peralvillo en México es el origen de su nombre actual, pues no existe un antecedente claro en los archivos de la Ciudad de México que explique por qué comenzó a llamarse así.
Existen dos versiones, la primera es que proviene del topónimo español de Peralvillo en Miguelturra, famoso por ser en tiempos de la Santa Hermandad lugar de ejecuciones y que también dio lugar a un municipio peruano y, posiblemente, a otro dominicano. Otras fuentes apuntan a que el nombre se debe a que era una zona en la que había perales. Esa falta de certeza añade un aire misterioso a una colonia cuya historia, en cambio, sí está profundamente documentada desde la época prehispánica.
Antes de llamarse Peralvillo, el lugar formaba parte de Atenantitech, un asentamiento prehispánico asociado a la ciudad de Tlatelolco. Su nombre en náhuatl se interpreta como “bordo de piedra”, una referencia que habla de la geografía y del entorno lacustre del Valle de México. Esto significa que Peralvillo no nació como una colonia moderna, sino como un espacio con raíces indígenas muy antiguas, anterior incluso a la conquista española.
Tras la conquista, el sitio fue rebautizado como Santa Ana Atenantitech, nombre que refleja la imposición de la organización religiosa y política colonial sobre el territorio indígena. En ese periodo se fundó una ermita dedicada a Santa Ana de Nazaret, que funcionó como visita del convento franciscano de Santiago Tlatelolco. Durante los dos primeros siglos de la colonia, la zona fue habitada principalmente por indígenas y mestizos que no tenían lugar dentro de la traza española, lo que marcó desde temprano su condición periférica dentro de la ciudad.
La historia temprana de Peralvillo está estrechamente ligada a los márgenes sociales de la capital novohispana (Ciudad de México). No fue un barrio privilegiado ni un centro de poder, sino un espacio de residencia para grupos excluidos. Esa situación se agravó con la gran inundación de 1629, que arrasó construcciones y debilitó aún más a la población local, afectada después por epidemias. La zona sobrevivió, pero quedó marcada por la pobreza y por una larga historia de desatención institucional.
A mediados del siglo XVIII, Peralvillo adquirió una nueva relevancia por razones económicas. Con el aumento del consumo de pulque (bebida alcohólica tradicional mexicana de origen prehispánico, elaborada mediante la fermentación del aguamiel extraído del corazón del maguey pulquero) en la ciudad, las autoridades instalaron una garita o aduana para cobrar impuestos a esta bebida al ingresar a México. Ese episodio es importante porque muestra que Peralvillo dejó de ser solo un borde urbano y se convirtió también en un punto estratégico de control fiscal y comercial. Su historia, por tanto, no es únicamente la de un barrio pobre, sino también la de un espacio donde la ciudad vigilaba lo que entraba en ella.
Con el tiempo, el antiguo barrio fue absorbiéndose dentro de la expansión urbana de la capital. En el siglo XIX, los cambios administrativos y territoriales fueron transformando la vieja organización de parcialidades y barrios adyacentes. En 1882 se inauguró el hipódromo de Peralvillo donde se organizaron carreras de caballos, carreras de bicicletas y la primera carrera de automóviles de la ciudad en 1903, lo que convirtió a Peralvillo en un destino de moda para las élites urbanas. Cronistas de la época subrayan cómo la cercanía del hipódromo, las estaciones de ferrocarril y la llegada de personajes influyentes impulsaron la “mejora” del barrio y el crecimiento del interés en la parroquia de Santa Ana.
Finalmente, en octubre de 1926, Peralvillo fue formalizado como colonia por el presidente Plutarco Elías Calles, consolidando un proceso de urbanización que ya venía gestándose desde décadas antes. Ese momento marca el nacimiento oficial de la colonia, aunque su historia real era mucho más antigua y en su territorio conviven el pasado indígena de Atenantitech, la resignificación colonial de Santa Ana Atenantitech, la etapa de control económico ligada al pulque y la colonia moderna surgida en el siglo XX.
En 1980, la Ciudad de México fue declarada zona de monumentos históricos. En 1987, la UNESCO reconoció el Centro Histórico como Patrimonio de la Humanidad. Peralvillo quedó excluido de ambas declaratorias. Un barrio con más de quinientos años de historia continua, con edificios coloniales, monumentos fabriles y vínculos directos con el nacimiento del Himno Nacional, permanece oficialmente invisible para las instituciones del patrimonio.
Y sin embargo, Peralvillo está ahí. En la fachada barroca de la antigua garita, en la plaza de Santa Ana, en los nombres de las calles que recuerdan a músicos de otro siglo, en la Casa de la Música Mexicana que ocupa lo que fue una fundidora. Está en la memoria de los que saben que en esas calles nació Mariano Matamoros, héroe insurgente, y que allí vivió Jaime Nunó mientras componía el himno de una nación que todavía no terminaba de nacer.
Por eso, más que un simple barrio de la capital, Peralvillo representa la evolución de una zona que ha permanecido durante siglos en los márgenes, pero nunca fuera de la historia de la ciudad.
Fuentes:
Nuestra historia. Peralvillo / Varios autores. Alcaldía Cuauhtémoc. 2021
Imágenes:
Henryficar - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0


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