Artículo realizado junto a José Nieto González publicado en el Nº 6 de la revista de la Asociación Malastardes de Miguelturra del año 2025.
Peralvillo, un enclave situado en el término municipal de
Miguelturra, es un lugar con una rica y variada historia que se extiende desde
la época del bronce, pasando por la época romana y hasta nuestros días. Su
ubicación estratégica, su papel en la Edad Media y su posterior transformación
han dejado una huella imborrable en el paisaje y la memoria de la región.
Su nombre tiene un origen incierto, es posible que tenga
raíces prerromanas o romanas. La terminación "-villo" podría derivar
del latín "villa", que significa "granja" o
"asentamiento rural". Esto sugiere que la zona pudo haber sido un
asentamiento rural romano o una villa agrícola. Aunque también hay otras
teorías como que podría derivar de "Per-Arviello", un antiguo nombre
de la zona o que podría estar relacionado con la abundancia de perales en la
zona, o incluso, con un antiguo poblador llamado Pedro Albino. Al respecto,
Pepe Romagosa en su “Esbozo histórico-geográfico de Peralvillo, reflexiones
sobre su vinculación quijotesca y su proyección hacia el futuro” manifiesta que
«Per Alviello», al igual que «Miguel
Turra», eran los nombres de sus respectivos primeros pobladores. En el
documento de donación, firmado por el rey antes citado, donde por primera vez
puede verse escrito el nuevo nombre de Peralvillo, por deformación, obviamente,
del original «Per Alviello».
Peralvillo, al igual que otros núcleos poblacionales en esta
zona, provienen de asentamientos en las alturas aledañas muy próximas a las
poblaciones actuales. Estos asentamientos de "altura" se le llama
castellones, castros, morras, etc. y se les puede localizar en lugares cercanos
a los montes limítrofes.
Es evidente que estos poblados del Bronce de la Mancha que
ocupaban las cumbres de los cerros, mantenían un fluido comercio con los
asentamientos en el llano a lo largo del Guadiana con las típicas fortalezas
llamadas motillas tan numerosas a lo largo del cauce del río Guadiana, e
identificadas por diversos autores. “La existencia de castillejos anterromanos
en la zona oeste, lindando con Picón y Fernáncaballero en “Malinfiernillo”. El
paraje del Congoso, en el Bañuelo, tiene relación con restos de antiguas
civilizaciones” (Corchado).
Con el paso del tiempo y la sucesiva aparición de otras
culturas las gentes del bronce y sus descendientes, fueron ocupando lugares
estratégicos en el llano junto a los terrenos de cultivo y el aprovechamiento
de arroyos y afloramientos de numerosas fuentes. Queda pues, la evidencia que
Peralvillo tiene unos orígenes de épocas culturales muy diversas que han ido
dejando su rastro en diversos materiales identificados en la carta arqueológica
de Miguelturra: en Colonia Nueva restos de calcolítico; en Colonia Vieja de
hierro II, romano y moderno; en Cerro Nilo del paleolítico y bronce; en el
Cerro de bronce, romano y medieval; en Casa Paula del paleolítico, romano y
medieval; en la Muralla de Peralbillo de medieval; en el Arca de los Huesos,
moderno; en Peñas Blancas de bronce; en
Peralvillo bajo, romano; en Galapachares de bronce y romano y en El Congosto de
romano.
De 1219 datan las primeras noticias que nos han llegado referentes
a Azuda y los Baños del Emperador. Se trata de donaciones de la Orden por vida
a particulares, que luego pasarían de nuevo a la Orden tras su fallecimiento.
Existen otros documentos posteriores de otras donaciones, pero anteriores al
privilegio según el cual pasa Peralvillo a Miguelturra fechado en 1383. (Ocaña
Barba)
Peralvillo adquirió cierta importancia en la época romana ya
que, debido a su ubicación estratégica en la ruta hacia Córdoba y su proximidad
a Calatrava la Vieja, se convirtió en un importante cruce de caminos. Su
cercanía al Camino Real hacia Toledo, que en parte sigue el trazado de antiguas
vías romanas, le otorgó una relevancia considerable como punto de paso y parada
para viajeros. Esta ubicación estratégica la vincula a antiguas rutas romanas
que conectaban importantes ciudades de la península ibérica. La presencia de
estas antiguas vías romanas y la existencia de posibles "villae"
romanas en la zona circundante también respaldan la idea de que Peralvillo tuvo
una importancia estratégica durante la época romana.
Peralvillo muy
concretamente, por su emplazamiento privilegiado junto a un ramal de la calzada
romana que unió Gades y Corduba con Toletum, tuvo que ser lugar de intenso
tránsito durante siglos, al igual que escenario de diferentes batallas. Nos lo
confirman esas ruinas, a media legua de la aldea, de los llamados «Baños, o
Hervideros del Emperador», y del Molino del mismo nombre, en pleno Guadiana. La
presencia de dos cañadas ganaderas que cruzan de norte a sur el anejo de
Peralvillo, especialmente la que atraviesa el mismo Peralvillo, sugiere que
estas vías podrían haber sido utilizadas en la época de la dominación romana.
La persistencia del nombre camino de la plata refuerza esta hipótesis. Aunque
no se puede descartar la posibilidad de que la vía principal entre Toledo y
Córdoba pasara por Calatrava la Vieja, es probable que existiera una desviación
que pasaba por Peralvillo, dado que la ruta no pudo ser única a lo largo de
tantos siglos. La antigüedad de Peralvillo en la época romana se ve reforzada
por su ubicación estratégica en el camino hacia Córdoba y su proximidad a
Calatrava la Vieja. Además, se cree que en la zona existieron baños y
hervideros naturales, que dieron lugar a un balneario que hoy se encuentra
sumergido bajo las aguas del Guadiana, en la cola del Pantano del Vicario. (Pepe
Romagosa en “Esbozo histórico-geográfico de Peralvillo, reflexiones sobre su
vinculación quijotesca y su proyección hacia el futuro)
La época medieval marcó un período crucial en la historia de
Peralvillo, transformando este enclave en un punto estratégico y de
significativa relevancia en la región de La Mancha.
Según Ocaña barba, en el siglo XIV se produjeron varios
litigios de la Orden de Calatrava con Villa Real, siendo su punto de mayor
dureza la batalla de Malas Tardes en 1323, tras la cual el rey mandó arrasar
Miguelturra, Peralvillo y Benavente. Tras esta batalla Miguelturra y Peralvillo
(por aquel entonces, poblaciones independientes) pierden su entidad jurídica
como villas y se anexionan a Villa Real, suponiendo un continuo conflicto entre
los habitantes de Miguelturra y Villa Real. Esta situación perduró hasta 1329,
fecha en la que el rey Alfonso XI adquirió la mayoría de edad y dotó, de nuevo,
a Miguelturra de su fuero y término jurisdiccional. Los conflictos entre ambas
poblaciones continuaron los años posteriores. Fue en 1367, debido a la segunda
carta de privilegios concedidos a Miguelturra tras su Carta Puebla, cuando
Peralvillo se anexiona a Miguelturra como concesión tras la pérdida por parte
de Miguelturra del territorio de la Atalaya. Esta decisión estratégica
consolidó el control de la Orden sobre el territorio y amplió el término
municipal de Miguelturra, marcando un punto de inflexión en la historia de
ambos lugares, uniendo sus destinos y creando una unidad administrativa que ha
perdurado hasta nuestros días.
La Orden de Calatrava, con su poder e influencia, desempeñó
un papel fundamental en la configuración de Peralvillo durante este período en
el que funcionaba como un cortijo fortificado, una estructura típica de la
época que servía como centro de producción agrícola y ganadera, a la vez que
ofrecía protección, pues tenía una función defensiva y de control del
territorio. Estos cortijos fortificados eran esenciales en la organización
territorial y económica de la región.
Peralvillo tenía una muralla medieval. Dentro debería estar
el cortijo de Peralvillo. En el año 1306
aparece mencionada por primera vez la aldea de «Per Alviello» (Peralvillo) como
antiguo cortijo fortificado situado en terrenos baldíos de la Orden de
Calatrava y dependiente, por tanto, desde la Reconquista, o más concretamente
desde la victoria cristiana en las Navas de Tolosa, en 1212, de Calatrava la
Vieja. Vuelve a hablarse del cortijo de Per Alviello en las crónicas del
incendio y ocupación de los que fue objeto por fuerzas de Ciudad Real, en 1323;
y poco más tarde, en 1329, con ocasión de la devolución de Per Alviello, con
todo su término, a la Orden de Calatrava, por decisión de Alfonso XI.
Finalmente, hay constancia de que en 1383 este término y su cortijo, junto con
las dehesas del Corralejo y de las Navas de Ucenda, con todos sus términos, es
donado al concejo de Miguelturra. (Pepe Romagosa en “Esbozo
histórico-geográfico de Peralvillo, reflexiones sobre su vinculación quijotesca
y su proyección hacia el futuro).
Existe un documento en el que se puede apreciar cómo era el
cortijo. Se trata de la donación de una casa del Maestre Garci López de Padilla
a Miguel Pérez de Miguelturra en 1306. A cambio debería hacer un cortijo con
las siguientes características: cimiento de cal, arena y piedra que
sobresaliese del nivel del terreno; sobre dicha base debe descansar una pared
de tapial o tierra batida con 7 tapias de altura y por encima un pretil con sus
almenas correspondientes; en el interior contaría con un andamio a la altura de
la base del pretil por todo el perímetro. El edificio del cortijo tenía una
estructura cuadrada, debiendo tener en cada una de sus “quadras” (paredes
laterales) una longitud de 10 tapias. También debería tener una torre añadida
al cortijo y que debía ser ciega (sin aberturas) hasta la altura del cortijo y
con dos cuerpos. (Villegas)
Hacia 1329 seguía siendo un cortijo fortificado y en los
litigios sobre leñas entre la Orden de Calatrava y Ciudad Real fue incendiado y
ocupado varias veces por los vecinos de Ciudad Real. (Ocaña barba).
En la actualidad, a través de un trabajo de campo realizado
por José Nieto con la ayuda de Fidela y el propietario de la casa donde pudo
estar situado, José Luis Gutiérrez Gallardo, se puede concluir que el Cortijo
de Peralvillo se situaba a unos diez metros de la carretera nacional 401 de
Ciudad Real a Toledo. Viendo el espacio urbanizado y zonas libres de
edificaciones, existe una superficie de unos mil metros cuadrados. Se deduce
que el cortijo ocuparía un espacio dentro de dicha superficie. En el interior
de estos inmuebles y hace unos 60 años, se encontraba un resto de edificación
de dimensiones considerables donde los chicos del lugar se encaramaban jugando
en el amplio corralón. A este resto de muralla o contrafuerte lo han venido
llamando los lugareños "peñón". Su composición y dureza era de cal
arena y piedras de diferentes tamaños en la parte de los cimientos que deberían
sobresalir del terreno. En la parte norte del mencionado solar existía un pozo
y pilancón posiblemente para los ganados y mulas de los gañanes. Dicho pozo
estaba a ras del suelo sin brocal y lo llamaban pozo de la posadilla. Añadir
que el espacio ocupado por el cortijo hacía fachada con la carretera, ocupando
por esa razón un lugar estratégico de cara al control de la zona.
Ya en el siglo XV Peralvillo, cuya situación en el camino
real le proporcionaba una importancia añadida al ser lugar de paso de
mercaderes y viajeros y muy propicio para cometer robos y otros delitos más
graves, adquirió notoriedad como lugar de ajusticiamiento de la Santa Hermandad.
Tras ser apresados los delincuentes por los cuadrilleros de la Santa Hermandad
eran suspendidos y asaeteados hasta su muerte, dejando los cadáveres expuestos
con objetivos pedagógicos; efectivamente, debía ser una gran advertencia para
los viajeros del Camino Real hacia Toledo. Este macabro papel le otorgó a
Peralvillo una reputación sombría y lo convirtió en un punto de referencia en
las narrativas de la época, incluso siendo mencionado en el Quijote. Mención
que hace en el capítulo XLI de la II Parte, cuando en el jardín del Palacio de
los Duques están preparando a Sancho para su vuelo imaginario, que el pobre
Sancho piensa que será real, sobre Clavileño, el célebre caballo de madera.
Mientras le aúpan sobre Clavileño y le ponen la venda en los ojos, el pobre
Sancho exclama, muerto de miedo: “¡qué mucho que tema no ande por aquí alguna
región de diablos que den con nosotros en Peralvillo!”. Porque “dar en
Peralvillo”, es decir, acabar los días de uno en Peralvillo, en el lenguaje de
la época, equivalía a acabar pero que muy mal.
En el célebre “Tesoro de la lengua castellana”, de Sebastián
de Covarrubias, se define a Peralvillo como “un pago junto a Ciudad Real,
adonde la Santa Hermandad hace justicia a los delincuentes con la pena de saetas”.
Las ejecuciones se realizaban en el “cerro de las horcas”, también llamado “de
los palos”, a medio kilómetro más o menos de la aldea, yendo hacia el Piélago,
en el que la Santa Hermandad, precursora de la actual Guardia Civil, cumplió
durante siglos el triste oficio de ejecutar a los reos de graves crímenes y
delitos. Cercano a este monte, en lo que entonces era la desembocadura del río
Bañuelos, se encontraba el Arca de los ladrones, que venía a ser un osario
donde La Cofradía de la Caridad se ocupaba de sepultar los restos de los
ajusticiados.
Peralvillo, como lugar de ejecuciones, traspasó fronteras.
Cuando en Perú se produjo, en el siglo XVI, una explosión de bandolerismo que
asolaba campos y caminos, el Rey dispuso que se enviara un destacamento de la
Santa Hermandad de Ciudad Real a aquel Virreinato para ayudar a fundar lo que
pronto sería la Santa Hermandad de Lima. Pues bien, el lugar que se eligió para
llevar a cabo las ejecuciones, era una loma junto al Camino Real que estaba
situada a unas dos leguas al Norte de Lima. Y a aquel sitio se le dio el
nombre, que aún conserva en nuestros días, de Peralvillo, en memoria del
célebre lugar de ejecuciones allá en la Mancha, en la lejana España.
Actualmente el Peralvillo de Perú está enclavado en el distrito de Chancay,
provincia de Huaral, Departamento de Lima.
Tal y como podemos leer en el Diario Lanza el 14.01.1954
Peralvillo, como lugar de ejecución, se extendió en el tiempo: “A la vez de comunicar la sentencia al
penado, le proporcionaban los auxilios espirituales pertinentes y quedaba
recluido en capilla por tres días, al cabo de los cuales se organizaba, a la
puerta de la prisión, tétrica comitiva para acompañarlo a las horcas de
Peralvillo, en viaje postrero. Precedía la Cofradía de Caridad con el Cristo de
las estaquillas (desde 1515, poseía privilegio de ir en los actos religiosos
públicos, tras la Cruz parroquial de San Pedro); seguían a caballo,
cuadrilleros y ballesteros, asalariados por el Tribunal para este cometido, con
flechas y arcos y vestidos verdes. Más detrás, iba el condenado rodeado de
religiosos exhortantes. El cortejo lo cerraban como encargado del reo, el
cuadrillero Mayor, con estandarte verde, y, a su lado, un escribano y por
último, el alcalde. En la puerta de la prisión y por las calles, de trecho en
trecho, pregonaban el delito y la pena. Al llegar a la Puerta de Toledo se
trasladaban, seguidamente, a Peralvillo, donde estaba el cadalso delante de una
tienda de campaña. Allí, al otro lado de una mesa cubierta de verde, con un Crucifijo
y una escribanía, se situaba el Tribunal. Leída la sentencia y hecho el postrer
pregón, se daba garrote al delincuente, le clavaban las trece saetas de
ordenanza y abandonado quedaba su cadáver y pendiente del patíbulo. El 23 de
mayo de 1776 “dieron pena capital de orca a Juanazo y a Covadonga, en
Peralvillo, por el Tribunal de la Santa Hermandad Real y Vieja”. En 1783 “fue
condenado a pena de orca, ejecutada en aquel tiempo por la Villa de Almagro, el
tío Ribera, monedero falso”. El 1799, “el día 17 de julio, sufrió la pena
ordinaria de orca un reo de la Villa de Camuñas preso por el Tribunal de la
Santa Hermandad Real y Vieja; llamado Francisco Gómez”. En 1803, “el siete de
marzo ahorcaron a Fernando Pinilla, en Peralvillo”. Cerca de las horcas había
un arca de piedra y sobre ella, una losa con una ventanilla, en el centro, por
donde los pasajeros piadosos o los hermanos de la Caridad, arrojaban al
interior los huesos de los que perecieron, con lo cual lucraban las
indulgencias concedidas a la Santa Hermandad por bulas Papales. En unos de los
lados del arca, se elevaba una gran Cruz de hierro. De este modo, las horcas de
la Santa Hermandad, sitas en una loma de la aldea de Peralvillo, al lado
derecho de la carretera que nos lleva a Toledo, alcanzaron, al correr de los
siglos, su fama terrible. Ya todo desapareció menos el nombre…”
Ya en el siglo XIX adquirieron notoriedad en la zona los
Hervidero del Emperador o Baños del Trujillo, situados entre las ruinas de los
molinos harineros «del Emperador» y de «Malvecinos». Estos baños y molinos tienen,
según algunas teorías, origen romano y sufrieron a lo largo del tiempo
considerables daños por las frecuentes avenidas del río, aunque también existe
la teoría de que se llaman así por el emperador Alfonso Vll que tenía tierras
en esta zona. El balneario fue reconstruido a finales del siglo XIX. El lugar
contaba con una zona de hospedaje para los visitantes, que venían de lejos para
disfrutar de sus aguas medicinales. Había dos piscinas separadas por sexos, con
un coste de 1,5 pesetas por la noche y 1 peseta por el baño. El nombre del
balneario se debe a un molino cercano, el Molino del Emperador. Posteriormente,
la familia Trujillo adquirió el lugar en la segunda década del siglo XX, pero
la explotación del balneario no fue exitosa y terminó por abandonarse.
El 26 de junio de 1927 se inauguró el Puente de Hierro de
Peralvillo, construido sobre la antigua vía del tren Madrid-Ciudad Real. La
operación resultó complicada puesto que se realizó sin interrumpir el tráfico
ferroviario. Fue construido e instalado por la Maquinista Terrestre y Marítima
y las obras duraron diez meses invirtiéndose en la parte metálica más de 500
toneladas de hierro, siendo el coste total de 1.200.000 pesetas. En cuanto a
sus características, se trata de un puente abovedado que descansa en diez
aparatos de rodillo sobre los estribos y tres fuertes pilares de mampostería.
Además, su ficha técnica el artículo incluye datos como su longitud, cuatro
tramos (dos de 55,74 metros y dos de 53,28) que suman un total de 218,04
metros; o su altura que es de 4,820 m. desde el nivel del suelo a la parte baja
del tablero (Federico Valero BIM
04.2005).
Tras la llegada del AVE a Ciudad Real en 1992, el puente
quedó en desuso, pero hoy en día es un lugar popular para ciclistas y peatones
que disfrutan de la zona. Con una longitud de 218 metros, 5 metros de altura y
un peso de 500 toneladas, el puente que se encuentra en el sendero GR-114
(camino natural del Guadiana), el Camino de Santiago Manchego y la Ruta de Don
Quijote es una impresionante muestra de la ingeniería del siglo XX.
Con el tiempo, el paisaje de Peralvillo se transformó debido
a la construcción del Pantano del Vicario, que inundó parte de la zona,
incluyendo un antiguo balneario de aguas termales. Este cambio radical alteró
la fisonomía del lugar y dejó bajo el agua parte de su historia.
En cuanto su patrimonio, destaca la Ermita de San Marcos; pequeña
ermita de una sola nave de tipología popular con espadaña y arco de medio punto
en la fachada y en los laterales toscos contrafuertes cilíndricos y
prismáticos. Fue construida en el siglo XVIII conforme a un estilo sencillo y
rural destacando su gran espadaña coronada por un nido de cigüeñas.
Aunque su pasado histórico sigue presente en la memoria
colectiva, Peralvillo ha sabido adaptarse a los tiempos modernos y ofrece a sus
visitantes un entorno natural privilegiado con una importante reserva protegida
de aves acuáticas ubicada en uno de los humedales más importantes de la región
y que, junto a su vegetación eminentemente autóctona y sus oquedades fluviales,
campos y sierras, constituye un espacio con una sorprendente variedad de
recursos naturales; resultando ser un lugar tranquilo y pintoresco, rodeado de
campos de cultivo y con el Pantano del Vicario como telón de fondo.